Cómo conocí a Roald Dahl

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A mis sobrinos.

Hoy 13 de septiembre se celebran 100 años del nacimiento de Roald Dahl (1916-1990), uno de mis escritores favoritos, por eso no quise que se terminara el día sin antes escribir al menos un breve texto sobre él. Sin entrar en detalles biográficos, que son fácil de consultar en línea, me gustaría hablar más bien de esa extraña pero asombrosa relación que establecemos los lectores con algunos escritores, con los grandes. Porque sin importar el tiempo que pase o de qué generación seamos sus lectores, siempre es posible seguir relacionándonos con ellos. Esto es lo que me sucede con Roald Dahl. Ya de niña conocía algunas de sus historias, más a voces que de lecturas. Y estoy segura de que una enorme cantidad de personas han leído, visto, escuchado o al menos oído mencionar alguno de sus cuentos, pues es tan popular que ha sido traducido y reeditado a lo largo de los años. Además, se han hecho animaciones de algunas de sus historias, así como adaptaciones para películas. Por mencionar algunos de los títulos más famosos están: Los Gremlins (1943), James y el melocotón gigante (1961), El Súperzorro o Fantástico Sr. Fox (1966), Las Brujas (1983), Matilda (1988); y de poesía Cuentos en verso para niños perversos (1982). Seguir leyendo “Cómo conocí a Roald Dahl”

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En el verano

Captura de pantalla (47)El tiempo es la unidad que el hombre ha asignado para medir la duración de las cosas, y aunque es universal, a veces parece depender de nuestra percepción. “Nada pasa tan rápido como la infancia”, dicen con añoranza algunos adultos. Si para estos, el tiempo es subjetivo, para los niños que juegan una buena parte del día, lo es aún más.

Los niños viven el año escolar a la espera de las vacaciones. Pero en invierno es por la Navidad y los regalos. Además, debido al frío, no siempre pueden jugar en la calle y tienen que andar como robots bajo montones y montones de capas de ropa. El verano es, en cambio, el mayor periodo de vacaciones, de uno a dos meses en los que las más extrañas y maravillosas aventuras pueden suceder. Por eso, me atrevo a decir, que el verano ofrece los mayores recuerdos de la infancia. Seguir leyendo “En el verano”

Historias infantiles para cualquier edad

El domingo 4 de mayo se publicó en el suplemento cultural Confabulario, de El Universal, el texto que ahora les comparto: “Historias infantiles para cualquier edad”, sobre literatura infantil y el autor e ilustrador Oliver Jeffers.

La discusión en torno a la literatura infantil existe porque al ser humano le gusta encasillar las cosas del mundo para darle orden y sentido a lo que le rodea. Es evidente que Cien años de soledad, de García Márquez, y El globo, de Isol, no están ni estarán nunca en el mismo cajón, a pesar de que ambas son excelentes obras literarias. Lo que no se argumenta de manera clara es por qué libros como el primero pertenecen a lo que llamamos la literatura (a secas) y ejemplos como el segundo a la literatura infantil. Podría suponerse que el segundo lleva tal adjetivo porque se le piensa escrito para niños. Pero no creo que un escritor (como García Márquez) piense que lo que escribe es para “adultos” o “no niños”. Las etiquetas, sin embargo, parecen hacernos sentir cómodos. Seguir leyendo “Historias infantiles para cualquier edad”

El arte de contar “Caperucita Roja”

Seguramente alguna vez leíste o te leyeron “Caperucita Roja” cuando eras niño, o por lo menos tienes una idea general sobre la historia de la pequeña niña que salió un día a llevarle un encargo a su abuelita y en el camino se encontró con el Lobo Feroz. “Caperucita Roja” es uno de los cuentos más populares en todo el mundo; sin embargo –y precisamente por su popularidad– es uno de los que tienen más variantes en su historia, desde qué era lo que llevaba Caperucita a su abuelita, hasta si el Lobo se comió o no a la dulce viejecita.

La primera versión de Caperucita se le adjudica a Charles Perrault y una siguiente versión extendida –quizá la más de todas– a los Hermanos Grimm. De niña leí y me contaron muchas versiones sobre este cuento. Curiosamente ninguna de ellas fue la de Perrault o la de los Hermanos Grimm, aunque la influencia de los hermanos había hecho estragos efectivamente en la historia, incluso en aquellas que han sido parte de proyectos educativos que buscan moralizar a los niños durante la educación primaria, endulzando la historia hasta la inverosimilitud y la cursilería.

Recuerdo que en alguna de esas versiones Caperucita ya no llevaba pasteles, sino que llevaba dulces y, además, medicinas a su abuelita que estaba enferma –no conozco un enfermo al que se le aconseje que coma dulces–. Pero lo que más me causaba conflicto era el final de la historia. ¿Por qué nunca era el mismo? Eso sí, la abuelita y Caperucita siempre se salvaban del Lobo. Y al respecto, ¿cómo crecer sabiendo que el mundo es tan horrible a través de una metáfora como la del lobo comiéndose a una abuelita enferma y a una niña tan linda? ¡Que alguien nos libre! Así, ese proyecto guiado por padres y profesores y, peor aún, por editoriales, nos enseñó que una niña linda, aunque desobediente, y una abuela enferma que se daba el lujo de comer dulces en su estado podían salir ilesas.

Entre todas estas versiones, había una cosa en particular que no lograba concebir. Aquella escena hacia el final en la que la abuela se esconde en un reloj, pues todos los relojes que yo conocía eran tan pequeños como para que cupiera dentro una abuela. Después entendí que esa versión se refería a un reloj grande de péndulo, donde puede caber una persona sabiéndola acomodar, algo así como lo que hacen los magos con sus ayudantes. Pero esto no era lo único que me preguntaba. Tampoco me convencía que el Lobo se tragara a la abuela y a Caperucita enteras, para después ser liberadas por un cazador, quien las sacaba sanas y salvas a través de un corte en la panza del Lobo.Ya sé que existe un pacto entre el texto y el lector, pero en aquel entonces ideas como que un lobo se pudiera tragar a un ser humano entero y luego sacarlo vivo, no me parecían verosímiles. Yo pensaba en los jugos gástricos –había visto el aparato digestivo en la escuela– y suponía que esas dos criaturas inocentes debían salir embarradas de una sustancia amarillenta, por decir lo menos. Aunado a esto, siempre me hizo ruido que sacaran a las dos mujeres en apuros de la panza del Lobo y que después lo rellenaran de piedras para arrojarlo al río, ¿había necesidad de tanto esfuerzo?

portadacaperucitarojaPara colmo de mis males sobre este cuento, que creí superado luego de armar mi propia versión con una mezcla de todas las que conocía, llegué a la universidad. Y como cualquier universidad se encargó de regresarme a todo aquello que creía haber superado.

Estaba en taller de creación literaria –una materia que por sí misma genera muchas preguntas– y recuerdo que uno de los primeros ejercicios que nos encargaron era cambiarle el final al cuento “Caperucita Roja”. Hice el ejercicio como me lo pidieron, pero a decir verdad no recuerdo qué final le di. Lo que sí recuerdo, y ese sería otro ejercicio sobre finales desastrosos, es que había en el taller un chico que llamó mi atención y que la resolución que él escribió fue la que más me gustó –hay que ver lo que es el amor–. Años después de esta serie de experiencias con “Caperucita Roja” finalmente encontré la versión que más refleja lo que yo viví con este cuento. Me refiero a Caperucita Roja (tal como se lo contaron a Jorge), de Luis María Pescetti. Curiosamente, el libro fue publicado por aquellos años en que yo cursaba la primaria y padecía los cuentos clásicos para niños en adaptaciones de Disney.

El texto de Pescetti y las imágenes de O’Kiff dan cuenta de lo que muchos sentimos cuando nos leyeron “Caperucita Roja”. En él se intenta ser fiel al texto –si es que se puede serlo– y representar a través de imágenes lo que el texto mismo genera en la imaginación de los lectores. Así, la historia está contada por dos personajes, quienes suponemos son el papá y el hijo. Mientras el padre lee el cuento, el niño va imaginando cómo son los personajes, pues a diferencia de nosotros no cuenta con un apoyo visual de la historia, pero sí con una serie de juicios y percepción de la realidad que le ayudan a elaborar su propia versión de Caperucita. Cuando el papá narra “Había una vez una niña”, el pequeño se imagina indudablemente a una niña, pero enseguida dice “muy bonita”, y la imagen en la cabeza del niño cambia por completo de una niña que antes tenía el cabello castaño a una que ahora lo tiene rubio; “que se llamaba Caperucita Roja”, y enseguida a la niña rubia se le pone la cara roja como un tomate. Conforme la historia avanza, podemos ver en el niño expresiones de alegría, desconcierto y hasta de insatisfacción porque la historia que relata el papá no tiene sentido con las escenas que él va imaginando. El lobo sufre las más desafortunadas transformaciones pareciendo una mezcla entre oso hormiguero y elefante, mientras que el cazador –el héroe de la historia– es el símbolo de un héroe contemporáneo: un superhéroe. Y como en todas las Caperucitas que yo conozco el final es simplemente inesperado.

Caperucita Roja (tal como se lo contaron a Jorge) es un ejemplo claro de que las historias persisten a través del tiempo pero, más importante, de que éstas son diferentes cada vez que alguien las lee. El libro de Pescetti es divertido, sencillo, contemporáneo y con imágenes que narran –y no sólo acompañan–. Es un libro, además, que ilustra muy bien el juego imaginativo que surte en nosotros la lectura de una historia, por ello es también un excelente material para quienes ejercen como guías de lectura, ya que exhibe cómo la recepción de una historia depende en mucho no sólo del contexto en el que se recibe sino también de la manera en que es transmitida –o contada–. Además, puede resultar una historia emotiva ya que nos recuerda aquellos primeros años como lectores.

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¿Qué le doy de leer a mi hijo?

Reproduzco nota sobre las recomendaciones de literatura infantil que hicimos hoy en la Feria del Libro del Palacio de Minería.

Especialistas catalogan como universal a la literatura infantil 
México, 21 Feb. (Notimex).- La literatura infantil engloba contenidos dirigidos tanto para los más pequeños como para los adultos, pues son obras a las cuales recurre la gente mayor para entenderse o reencontrarse con su niño interior, señalaron hoy especialistas en la XXXV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM). En la charla titulada “Los críticos recomiendan ¿Qué le doy a leer a mis hijos?”, moderada por Geney Beltrán Felix, los expertos en literatura Perla Holguín, Eduardo Huchín Sosa y Glafira Rocha, dieron a conocer una serie de libros infantiles que pueden beneficiar a todo tipo de lectores. Holguín aconsejó a aquellos adultos que quieran impulsar el hábito de la lectura en los niños, que sean estos últimos quienes decidan lo que quieren leer y conocer, para así evitar en los infantes un pensamiento de imposición por parte de sus familiares. Compartió que su acercamiento con la literatura infantil se dio hasta su etapa como universitaria, “y es que de adultos buscamos llenar una serie de vacíos a través de este género, que muchas veces nos lleva a comprendernos más”. Holguín recomendó a los presentes los libros ilustrados Camino a casa de Jairo Buitrago; Perdido y encontrado de Oliver Jeffers y El niño que nadaba con pirañas de David Almond, en los cuales se abordan temas relacionados con las pérdidas, el duelo y la reconciliación.

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A los ocho años conocí a Hemingway

Perdida en una biblioteca familiar donde los libros iban desde grandes tomos que hablaban de política, hasta los que se ocupaban de la herbolaria y medicina natural, pasando por manuales para aprender a dibujar flores, vestidos y fruta, y dos grandes colecciones juveniles, Tesoros del saber, de Walt Disney, y El mundo del saber, de Salvat, me encontré por primera vez buscando algo que leer. Guiada por la admiración a mi padre, un hombre interesado en la política, que estudió en un país que ya no existe, comencé por el libro que me pareció más representativo, El manifiesto comunista, del cual, admito, entendí poco, y de la misma forma que lo tomé, lo abandoné. Sin embargo, motivada para leer encontré refugio en un par de libros de cuentos rusos, entre cuyos autores estaban Tolstói y Chéjov (un encuentro del que jamás me olvidaría). Esos cuentos me mostraron una realidad compartida y quizá ésta fue su mayor belleza, me enseñaron que todos vivíamos en el mismo mundo.

En el camino leí más rusos, novelas españolas del siglo XVI y mexicanas del siglo XX, antologías de poesía latinoamericana, leyendas prehispánicas, novelas policiales de Agatha Christie, en fin. Al poco tiempo conocí a Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Franz Kafka, y me volví fanática de las historias fantásticas y de horror. Así fue como llegué a un grupo de escritores que determinaron mi gusto por la literatura y que me hicieron aventurarme en el camino de la escritura. Si la biblioteca familiar era desordenada, mis lecturas lo fueron aún más, pues la lectura de un libro me llevaba siempre a otro, cuya única relación entre sí, además de la literaria, era haberse encontrado en el mismo librero donde yacían los libros de una familia con gustos totalmente diversos.
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