El arte del “casi”

84-8488-156-3i2Alguna vez has escuchado aquel dicho “si vas a hacer las cosas hazlas bien, o mejor las hagas”, creo que esto tiene un gran sentido en muchos contextos, sobre todo cuando se trata de realizar un trabajo o un deber, hay que hacerlo bien, por un lado, y con buena actitud, por el otro. Sin embargo, en cuanto a hacerlo bien depende en mucho de qué trabajo estemos realizando y si es la primera vez que probamos. Por ejemplo, si yo nunca he escrito un poema, posiblemente el primero, segundo o tercer poema que escriba no serán excelentes poemas, aquí es cuando podemos pensar en aquel otro dicho “la práctica hace al maestro”, lo que quiere decir es que si sigo escribiendo poemas, si leo poesía, si aprendo de rima, conteo silábico, figuras retóricas, etcétera, será más probable que mis siguientes poemas estén mejor escritos y que quizás uno de ellos resulte ser excelente. Pero no lo sabré si no lo intento. Seguir leyendo “El arte del “casi””

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En el verano

Captura de pantalla (47)El tiempo es la unidad que el hombre ha asignado para medir la duración de las cosas, y aunque es universal, a veces parece depender de nuestra percepción. “Nada pasa tan rápido como la infancia”, dicen con añoranza algunos adultos. Si para estos, el tiempo es subjetivo, para los niños que juegan una buena parte del día, lo es aún más.

Los niños viven el año escolar a la espera de las vacaciones. Pero en invierno es por la Navidad y los regalos. Además, debido al frío, no siempre pueden jugar en la calle y tienen que andar como robots bajo montones y montones de capas de ropa. El verano es, en cambio, el mayor periodo de vacaciones, de uno a dos meses en los que las más extrañas y maravillosas aventuras pueden suceder. Por eso, me atrevo a decir, que el verano ofrece los mayores recuerdos de la infancia. Seguir leyendo “En el verano”

La luna está hecha de queso

En 1546 John Heywood escribió en uno de sus proverbios The moon is made of greene [sic] cheese, es éste quizás el registro más antiguo que tenemos en el que se compara la luna con un queso. Los proverbios de Heywood, así como sus obras de teatro y poemas tuvieron un fuerte auge durante los siglos XVI y XVII, por lo que resulta fácil suponer que la comparación que hace entre el satélite y el manjar amarillo se conociera bastante bien por la época. Y aunque el escritor inglés alude a un queso verde, la explicación está en el engaño que encierra una luna de queso.

Sea éste el origen o no de la idea es cierto que la relación entre estos dos elementos ha gozado en todas las tradiciones de gran popularidad, pues es tan evidente que hasta un niño que mire al cielo en la noche podría elaborarla. La luna así, circular, amarilla o blanca con sus cráteres que, vistos a distancia, lucen como los agujeros del queso se repite en el imaginario. Pero también se repite cierta idea del engaño, dice Heywood: “Tú haces las circunstancias para hacerme creer, o pensar, que la luna es de queso verde” (You set circumstances to make me believe / Or think, that the moon is made of greene cheese [sic]); sin embargo, la luna hecha de queso no es nunca un queso real, el proverbio nos lo advierte y lo mismo han hecho otros autores en otros relatos. Seguir leyendo “La luna está hecha de queso”

El libro salvaje, de Juan Villoro

interiorEl libro salvaje es una de esas joyas de la literatura mexicana que parecieran estar escondidas, como el libro al que alude el título; es un libro salvaje que quiere que nosotros lo encontremos y descifremos así su historia. Se trata de una novela juvenil contada por Juan, un chico de 13 años, y aunque es la historia de un adolescente el lector que se acerque a ella, sin importar su edad, encontrará, además de aventuras, recuerdos de su infancia, de sus primeras lecturas y hasta del primer amor.

La historia de Juan comienza cuando se da cuenta de que las cosas están empezando a ser diferentes en casa. ¿Qué pasaría si un día todo lo que conoces, tu familia, tu casa… cambiara? ¿Si tus papás siguieran siendo tus papás, pero ya no vivieran juntos? ¿Si tu hermana y tu mascota se fueran temporalmente a vivir a otra casa? ¿Si tu madre te dijera que vas a pasar las vacaciones largas en casa de un pariente al que no has visto en mucho tiempo y a quien consideras loco? Seguir leyendo “El libro salvaje, de Juan Villoro”

Historias infantiles para cualquier edad

El domingo 4 de mayo se publicó en el suplemento cultural Confabulario, de El Universal, el texto que ahora les comparto: “Historias infantiles para cualquier edad”, sobre literatura infantil y el autor e ilustrador Oliver Jeffers.

La discusión en torno a la literatura infantil existe porque al ser humano le gusta encasillar las cosas del mundo para darle orden y sentido a lo que le rodea. Es evidente que Cien años de soledad, de García Márquez, y El globo, de Isol, no están ni estarán nunca en el mismo cajón, a pesar de que ambas son excelentes obras literarias. Lo que no se argumenta de manera clara es por qué libros como el primero pertenecen a lo que llamamos la literatura (a secas) y ejemplos como el segundo a la literatura infantil. Podría suponerse que el segundo lleva tal adjetivo porque se le piensa escrito para niños. Pero no creo que un escritor (como García Márquez) piense que lo que escribe es para “adultos” o “no niños”. Las etiquetas, sin embargo, parecen hacernos sentir cómodos. Seguir leyendo “Historias infantiles para cualquier edad”

La infancia en un abrir y cerrar de ojos

Cuando niños todos jugamos por lo menos una vez a ser adultos, representando el papel de maestros, doctores, constructores, veterinarios, astronautas, vaqueros y hasta papás, de alguna manera a todos nos encantaba fingir lo que hacen los adultos. Sin embargo, cuando crecemos, y finalmente nos convertimos en ellos, miramos con nostalgia nuestra infancia. Extrañamos los días en que nos dedicábamos, sobre todas las cosas, a jugar. Más de una vez he escuchado decir que la infancia se va en un abrir y cerrar de ojos. Por fortuna, aunque sintamos que el tiempo pasa volando, convertirnos de niños en adultos es un proceso que no se da de la noche a la mañana, lo que nos permite disfrutar más de nuestra niñez y hacerla más entrañable cuando finalmente se ha ido.

¿Pero qué pasaría si, efectivamente, en un abrir y cerrar de ojos ya no fueras sólo un niño? Seguir leyendo “La infancia en un abrir y cerrar de ojos”

El arte de contar “Caperucita Roja”

Seguramente alguna vez leíste o te leyeron “Caperucita Roja” cuando eras niño, o por lo menos tienes una idea general sobre la historia de la pequeña niña que salió un día a llevarle un encargo a su abuelita y en el camino se encontró con el Lobo Feroz. “Caperucita Roja” es uno de los cuentos más populares en todo el mundo; sin embargo –y precisamente por su popularidad– es uno de los que tienen más variantes en su historia, desde qué era lo que llevaba Caperucita a su abuelita, hasta si el Lobo se comió o no a la dulce viejecita.

La primera versión de Caperucita se le adjudica a Charles Perrault y una siguiente versión extendida –quizá la más de todas– a los Hermanos Grimm. De niña leí y me contaron muchas versiones sobre este cuento. Curiosamente ninguna de ellas fue la de Perrault o la de los Hermanos Grimm, aunque la influencia de los hermanos había hecho estragos efectivamente en la historia, incluso en aquellas que han sido parte de proyectos educativos que buscan moralizar a los niños durante la educación primaria, endulzando la historia hasta la inverosimilitud y la cursilería.

Recuerdo que en alguna de esas versiones Caperucita ya no llevaba pasteles, sino que llevaba dulces y, además, medicinas a su abuelita que estaba enferma –no conozco un enfermo al que se le aconseje que coma dulces–. Pero lo que más me causaba conflicto era el final de la historia. ¿Por qué nunca era el mismo? Eso sí, la abuelita y Caperucita siempre se salvaban del Lobo. Y al respecto, ¿cómo crecer sabiendo que el mundo es tan horrible a través de una metáfora como la del lobo comiéndose a una abuelita enferma y a una niña tan linda? ¡Que alguien nos libre! Así, ese proyecto guiado por padres y profesores y, peor aún, por editoriales, nos enseñó que una niña linda, aunque desobediente, y una abuela enferma que se daba el lujo de comer dulces en su estado podían salir ilesas.

Entre todas estas versiones, había una cosa en particular que no lograba concebir. Aquella escena hacia el final en la que la abuela se esconde en un reloj, pues todos los relojes que yo conocía eran tan pequeños como para que cupiera dentro una abuela. Después entendí que esa versión se refería a un reloj grande de péndulo, donde puede caber una persona sabiéndola acomodar, algo así como lo que hacen los magos con sus ayudantes. Pero esto no era lo único que me preguntaba. Tampoco me convencía que el Lobo se tragara a la abuela y a Caperucita enteras, para después ser liberadas por un cazador, quien las sacaba sanas y salvas a través de un corte en la panza del Lobo.Ya sé que existe un pacto entre el texto y el lector, pero en aquel entonces ideas como que un lobo se pudiera tragar a un ser humano entero y luego sacarlo vivo, no me parecían verosímiles. Yo pensaba en los jugos gástricos –había visto el aparato digestivo en la escuela– y suponía que esas dos criaturas inocentes debían salir embarradas de una sustancia amarillenta, por decir lo menos. Aunado a esto, siempre me hizo ruido que sacaran a las dos mujeres en apuros de la panza del Lobo y que después lo rellenaran de piedras para arrojarlo al río, ¿había necesidad de tanto esfuerzo?

portadacaperucitarojaPara colmo de mis males sobre este cuento, que creí superado luego de armar mi propia versión con una mezcla de todas las que conocía, llegué a la universidad. Y como cualquier universidad se encargó de regresarme a todo aquello que creía haber superado.

Estaba en taller de creación literaria –una materia que por sí misma genera muchas preguntas– y recuerdo que uno de los primeros ejercicios que nos encargaron era cambiarle el final al cuento “Caperucita Roja”. Hice el ejercicio como me lo pidieron, pero a decir verdad no recuerdo qué final le di. Lo que sí recuerdo, y ese sería otro ejercicio sobre finales desastrosos, es que había en el taller un chico que llamó mi atención y que la resolución que él escribió fue la que más me gustó –hay que ver lo que es el amor–. Años después de esta serie de experiencias con “Caperucita Roja” finalmente encontré la versión que más refleja lo que yo viví con este cuento. Me refiero a Caperucita Roja (tal como se lo contaron a Jorge), de Luis María Pescetti. Curiosamente, el libro fue publicado por aquellos años en que yo cursaba la primaria y padecía los cuentos clásicos para niños en adaptaciones de Disney.

El texto de Pescetti y las imágenes de O’Kiff dan cuenta de lo que muchos sentimos cuando nos leyeron “Caperucita Roja”. En él se intenta ser fiel al texto –si es que se puede serlo– y representar a través de imágenes lo que el texto mismo genera en la imaginación de los lectores. Así, la historia está contada por dos personajes, quienes suponemos son el papá y el hijo. Mientras el padre lee el cuento, el niño va imaginando cómo son los personajes, pues a diferencia de nosotros no cuenta con un apoyo visual de la historia, pero sí con una serie de juicios y percepción de la realidad que le ayudan a elaborar su propia versión de Caperucita. Cuando el papá narra “Había una vez una niña”, el pequeño se imagina indudablemente a una niña, pero enseguida dice “muy bonita”, y la imagen en la cabeza del niño cambia por completo de una niña que antes tenía el cabello castaño a una que ahora lo tiene rubio; “que se llamaba Caperucita Roja”, y enseguida a la niña rubia se le pone la cara roja como un tomate. Conforme la historia avanza, podemos ver en el niño expresiones de alegría, desconcierto y hasta de insatisfacción porque la historia que relata el papá no tiene sentido con las escenas que él va imaginando. El lobo sufre las más desafortunadas transformaciones pareciendo una mezcla entre oso hormiguero y elefante, mientras que el cazador –el héroe de la historia– es el símbolo de un héroe contemporáneo: un superhéroe. Y como en todas las Caperucitas que yo conozco el final es simplemente inesperado.

Caperucita Roja (tal como se lo contaron a Jorge) es un ejemplo claro de que las historias persisten a través del tiempo pero, más importante, de que éstas son diferentes cada vez que alguien las lee. El libro de Pescetti es divertido, sencillo, contemporáneo y con imágenes que narran –y no sólo acompañan–. Es un libro, además, que ilustra muy bien el juego imaginativo que surte en nosotros la lectura de una historia, por ello es también un excelente material para quienes ejercen como guías de lectura, ya que exhibe cómo la recepción de una historia depende en mucho no sólo del contexto en el que se recibe sino también de la manera en que es transmitida –o contada–. Además, puede resultar una historia emotiva ya que nos recuerda aquellos primeros años como lectores.

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